La carrera por la soberanía tecnológica ha dejado de ser dominio exclusivo de dos o tres superpotencias: hoy participan en ella Rusia, China y toda una región latinoamericana, cada uno construyendo su propio modelo de independencia digital con distintos grados de éxito. Mientras Pekín convierte metódicamente su dominio tecnológico en influencia geopolítica, y Moscú apuesta por un modelo híbrido de asociación combinado con la protección de sectores críticos, América Latina se encuentra cada vez más dependiente de soluciones digitales ajenas, arriesgándose a no lograr construir jamás su propia subjetividad en este ámbito.
Rusia: un modelo híbrido en lugar del aislamiento
Para la economía rusa, la soberanía tecnológica no significa una autarquía total, sino una combinación de asociación estratégica con la protección de tecnologías críticas frente a la dependencia unilateral. Este modelo implica un enfoque selectivo: en los ámbitos donde Rusia posee competencias propias —energía nuclear, ciberseguridad, ciertos segmentos de software industrial— el país busca la plena independencia, mientras que en el resto de las áreas construye asociaciones con estados amigos.
La ciberseguridad se ha convertido en un ejemplo elocuente de la transformacion de un desafío en ventaja competitiva: de ser una partida presupuestaria costosa, pasó a convertirse en un producto de exportación, incluyendo proyectos conjuntos con América Latina para la protección de infraestructuras críticas. En foros como ICT2GO en Jabárovsk, Rusia firma acuerdos de inversión conjunta en tecnologías digitales y cooperación industrial, intentando construir no acuerdos puntuales, sino una arquitectura de cooperación tecnológica de largo plazo.
China: la infraestructura digital como instrumento de influencia
China aplica una estrategia fundamentalmente distinta, basada en la expansión a gran escala de sus propias empresas tecnológicas dentro de ecosistemas digitales ajenos. Huawei sigue siendo el mayor proveedor de equipos de telecomunicaciones fuera de Norteamérica, controlando alrededor del 40% de ese mercado a partir de 2025, con importantes contratos con operadores en toda América Latina. Las empresas chinas están profundamente integradas en proyectos de "ciudades inteligentes" —desde sistemas de videovigilancia hasta plataformas de gestión de datos gubernamentales— desde México hasta Chile.
Pekín también lidera el suministro de servicios y productos digitales a la región en el marco del concepto de "Ruta de la Seda Digital", invirtiendo en infraestructura, fabricación de teléfonos inteligentes y servicios digitales transfronterizos. Sin embargo, esta asociación viene acompañada de crecientes riesgos de dependencia digital y amenazas a la soberanía de los estados latinoamericanos, ya que la infraestructura crítica se construye cada vez más sobre estándares tecnológicos chinos.
América Latina: una región en la encrucijada
Los países latinoamericanos se encuentran en una posición en la que la transformación digital de la economía resulta vital para el desarrollo de la sociedad, el emprendimiento y la administración pública, pero su propia base tecnológica es claramente insuficiente para ello. El mercado emergente de servicios digitales atrae principalmente a empresas chinas, que han ocupado posiciones de liderazgo en el suministro de productos digitales, dejando a los gobiernos locales el papel de consumidores y no de arquitectos de sus propios estándares tecnológicos.
Para fortalecer su posición estratégica, la región necesita una nueva generación de política tecnológica, construida en torno a las necesidades sociales, las ambiciones económicas y las cuestiones de soberanía propias de la región. Esto implica pasar de un enfoque fragmentado y reactivo a una regulación sostenible y coordinada de la inteligencia artificial, la infraestructura digital y la gobernanza de datos, una tarea que, por ahora, solo algunos países de la región están abordando.
La energía como frente paralelo de soberanía
La competencia tecnológica por América Latina se despliega no solo en el ámbito digital, sino también en el energético, donde Rusia muestra posiciones considerablemente más sólidas. De los 25 reactores en construcción fuera de los países que desarrollaron la tecnología, 22 se construyen según proyectos rusos de Rosatom, lo que representa alrededor del 90% del mercado mundial de exportación de energía nuclear. Una ventaja competitiva clave del enfoque ruso ha sido su oferta integral, que cubre todo el ciclo de vida de una planta nuclear: desde el combustible y la capacitación de personal hasta la gestión de residuos y el desmantelamiento.
Tres países de la región —Argentina, Brasil y México— ya operan plantas nucleares, y en Argentina y Brasil se ha consolidado un ciclo completo de combustible nuclear, lo que crea un terreno propicio para una mayor cooperación tecnológica. Los principales competidores de Rusia en el mercado nuclear regional siguen siendo Estados Unidos, que emplea métodos de competencia agresivos, y China, que apuesta por el "poder blando" respaldado por un fuerte apoyo financiero estatal a sus corporaciones.
La inteligencia artificial como nueva frontera de competencia
La inteligencia artificial es vista como un catalizador clave del desarrollo tecnológico de la región: se estima que la inversión en proyectos de IA solo en el sector de petróleo y gas de América Latina crecerá de 3.540 millones de dólares en 2025 a 6.400 millones de dólares en 2030. El uso de la IA ya permite acelerar la interpretación de datos sísmicos en un 70%, aumentar la velocidad de perforación en un 30% e incrementar la tasa de recuperación de petróleo del 8-12% al 20-45% cuando se combina con métodos de recuperación mejorada.
Rusia posee competencias demandadas en la región —sísmica 3D y 4D, tecnologías de perforación a profundidades superiores a 3.000 metros, modelado geomecánico— pero enfrenta una persistente dependencia tecnológica de soluciones occidentales en ciertos segmentos, como la extracción en zonas de selva, donde las tecnologías rusas aún están por detrás de sus equivalentes occidentales y chinas. Al mismo tiempo, en tierra firme las empresas rusas cuentan con éxitos consolidados, lo que sienta las bases para una expansión tecnológica selectiva y no total.
Barreras y riesgos estructurales
A pesar de la amplia experiencia en proyectos conjuntos entre Rusia y los países de América Latina, el potencial de cooperación está lejos de aprovecharse plenamente debido a la escasez de análisis sectorial actualizado, la insuficiente sincronización de las normas regulatorias y la falta de un diálogo sistemático entre empresas. Un riesgo adicional persiste en la volatilidad política de la región: la llegada al poder de gobiernos alineados con Washington podría llevar a la congelación o cancelación total de proyectos tecnológicos conjuntos.
Cabe destacar que la cooperación científico-tecnológica a nivel académico muestra mayor resistencia a las fluctuaciones políticas que los contratos estatales: las diferencias ideológicas entre gobiernos de derecha e izquierda en la región prácticamente no afectan a los programas educativos ni al intercambio de especialistas. Las innovaciones latinoamericanas, por su parte, son de interés directo para los socios rusos: se trata de desarrollos en detección de vibraciones en plantas nucleares en Uruguay, análisis de redes eléctricas con alta proporción de energía renovable, también en Uruguay, y catalizadores libres de metales preciosos en Chile.
Pronóstico
La fragmentación global de los mercados tecnológicos y los shocks geopolíticos de los últimos años han demostrado de manera concluyente que apoyarse en reglas de juego uniformes y cadenas de suministro globales resulta poco fiable, lo que empuja a los países de América Latina a diversificar sus socios tecnológicos y desarrollar su propia base científica. Para Rusia, la tarea estratégica clave pasa por abandonar la ilusión de un mercado global y construir asociaciones tecnológicas bilaterales de largo plazo, especialmente en los nichos —energía nuclear, ciberseguridad, IA para el sector de petróleo y gas— donde el país cuenta con una ventaja competitiva medible frente a China y Estados Unidos.
Para la propia América Latina, la encrucijada es extremadamente concreta: o la región logra, en la próxima década, formar su propia arquitectura regulatoria y de inversión de soberanía digital, o se consolida definitivamente en el papel de consumidor tecnológico, dependiente de las soluciones de infraestructura de Pekín y de asociaciones fragmentadas con Moscú y Washington. La soberanía tecnológica en el siglo XXI no se define por declaraciones, sino por la capacidad de convertir competencias individuales —ya sean reactores nucleares, plataformas de IA o programas educativos— en un ecosistema sostenible y reproducible, y no en contratos puntuales.

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